
El ex presidente Néstor Kirchner, ocupa, hoy, un papel protagónico en la agenda política nacional. Tal es así que desde su resignación a la postulación presidencial para una potencial reelección hasta hoy, no dejó de aparecer en las primeras planas de los medios, hasta casi opacar la figura de su esposa, la flamante presidenta electa, Cristina Fernández de Kirchner. Evidentemente, lo dicho en una primera instancia no se condice con los hechos. Su alejamiento del cargo político que tuvo como presidente de la Nación no lo apartó, de ninguna manera, de su afán de poder y toma de decisiones. Prueba de ello es el papel que ocupó como “garante” del frustrado plan de liberación de los rehenes de las FARC, en Colombia.
Claro que todo acto que contribuya a una causa humanitaria debe considerarse como bueno. Sin embargo, en su calidad de ex primer mandatario, y con la carga de ser su mujer quien lo sucedió, su accionar no parece muy prudente, teniendo en cuenta que esto podría dar prueba de la tesis planteada hasta el cansancio por buena parte de la oposición, que sostiene al santacruceño “escondido” detrás de la figura de Cristina, aunque al mando del gobierno.
Sumado a esto, ya fuera de la Casa Rosada, Kirchner continuó su línea de mando anunciando obras en su provincia natal, más precisamente en Puerto Deseado, como si tuviera la facultad de hacerlo en calidad de ciudadano y atribuyendo sus gratificaciones a la todavía incipiente gestión de su mujer.
Por otra parte, el gesto de la administración entrante en su colaboración con la “misión Chávez”, no alcanza a obviar la falta de solidaridad y compromiso fáctico hacia un drama –con final feliz- que nos tocó más de cerca: el secuestro de la enfermera argentina, Pilar Bauzá Moreno, en Somalia, África, quien fue liberada ayer junto con la médica española, tras haber estado una semana en cautiverio.
Si bien es cierto que se pusieron a disposición del caso diplomáticos y Cancillería Argentina conjuntamente con la ONG “Médicos Sin Frontera”, el matrimonio “K” no lo trató, evidentemente, como un tema central, sino que prefirió tercerizar esta urgencia en manos de sus colaboradores y priorizar su incursión heroica en tierra caribeña. En este sentido, una de call y una de arena. Ahora bien, ¿Cuál es el costo político que deberá pagar la presidenta por delegar (o dejar que le quiten) el poder que le corresponde?.
En cierto, también, que en menos de un mes de gestión no puede hacerse juicio alguno sobre su desempeño al mando de la Nación, sólo evaluar indicios, señales y tendencias que marcan el futuro. En este sentido, es indudable que la profundización del “cambio” iniciado por el patagónico es, precisamente, la continuación de ese camino, con otra cara visible. ¿Cristina al gobierno, Kirchner al poder?.
Por Andrés Olivera
